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jueves, 26 de julio de 2012

¿QUÉ ES LO QUE QUIERO HACER?

ajá






Vienen siendo estos, días variados. Diversos. Rutinarios. Típicos. Tranquilos. De salir a veces. De quedarse en casa la mayoría del tiempo. De pensar mucho. Y también de no dudar ni una vez en presionar el diarreico botón del desborde, que me permite llegar a vuestras casas mediante estas líneas.

Tengo plata, harta plata en mi cuenta de ahorros (pues desde a marzo ya formo parte de la Población Económicamente Activa), pero me da mucha angustia sacarla pues temo que la dilapidaré dulce y veloz (como la canción de Copas De Mar).

Esto debe ser, como con la mayoría de cosas que hago últimamente, porque no tengo mucha fe en mí. No me creo capaz de conservar algo con paciencia, en tranquilidad y con la madurez idónea para afrontar que ya no hay marcha atrás, que en poquitos días cumplo 25 putos años y, si bien las cosas se renuevan cada 365 días, yo todavía no siento la satisfacción suficiente (Feliz cumple 69, mi querido Mick Jagger. Cuando vengas al Perú con los Rolling .. prometo esperarte acampando, de todas mangas, en las afueras del Pepito Díaz).

Con mis sueños. Con mis planes.



Hoy una amiga me lo preguntaba a larga distancia. ¿Qué es lo que quieres hacer ahora, digo, en el presente?

Buena pregunta, Claudia. Vaya que me descolocó y me hizo sentir bastante mentiroso y marica, pues, si bien te dije mediante palabras con aplomo de que “la música, mi arte, seguir enseñando .. tatatín, tatatán …”, más o menos el idealista rollito de siempre, ni yo me creo mis palabras del todo, pues las estadísticas me descalifican y comprueban que, sin hielos de por medio en el vaso a medio llenar de mi futuro, yo hasta ahora no me hallo bien encaminado por ninguna ruta asfaltada (o a medio asfaltar). Y eso, para serte sincero, me preocupa.

“Te creería si tuvieras 19 o 20.. pero 25 ya es una edad en la que deberías tener claro a dónde dirigirte. No puede ser que un problema sentimental obstaculice tanto tu camino personal.” – me decía esta tarde mi padre mientras saboreábamos una rica picsa.

De hecho, mi papá las tiene claras. Debe ser también por la experiencia.

En cambio yo, soy de ratitos. Por eso no completo nada.



Últimamente, por ejemplo, ahora que he venido por 2 semanas a Arequipa, me ha venido unas ganas inmensas y recontra renovadas por volver a escribir (Mi primo Rodrigo es un gran culpable de esto). No sé, tengo ganas de expulsar palabras en mis hojas de cuaderno, de dibujarlas poco a poco. No hay un tema preciso sobre el cual yo quiera hablar en verdad, sin embargo, son escenas que acontecen en mi cabeza que ahorita prefiero plasmarlas en oraciones, en párrafos de pandemia o sacristía devota, en lugar de darles vida eterna o enfermarlas con papiloma virus bajo las formas siempre circulares de mi estilo de dibujo artístico.

Ahorita quiero escribir, quiero narrar con palabras. No sé si mañana ese espontáneo deseo persista y termine construyendo una casa de cimientos sólidos alumbrada por un sol generoso. Por ahí dicen que uno debería hacer conexión entre esas ganitas locas e instintivas por hacer algo, con las ganitas locas por ganar plata, es decir, ser profesional. Pues sí ¿no? Todo tendría más orden, más coherencia. Todo se integraría más mejor.

Pues me gustaría experimentar eso, pero me asusta horrores mi otro lado. Ese mounstruito marrón y perezoso de la decadencia y la dejadez que habita conmigo día a día y es también mi fiel compañero y/o consejeros en los momentos menos esperados. Mi Lazarillo de Tormes en la indecisión.

Es que ¿ves? Volvemos a lo mismo. No hay una fe ciega en mi convicción. No sé si quiero escribir un ratito, o pintar un ratito, o ser estrella de rock un ratito.

Juro no dudar de mis capacidades, pero no sé si quiero dejarme de huevadas y SER REALMENTE CAPAZ DE HACER LO QUE TENGO QUE HACER.

Por el momento estoy acá, en mi tierra a la cual siempre regreso -qué sería de mí si no- haciendo más o menos lo de siempre :

Saboreando ubres arrebozadas y locros de pecho (me falta sexo, sin duda) en típicas fondas de domingo junto a mi familia. Liberando tensiones -pero a la vez sumándome mas, pues, no nos engañemos… ¡las redes sociales no relajan!- agregando y viendo bobería y media por el facebook. Saliendo de tarde con mi mejor amiga, la Wiki, a un centro comercial local para que ella se compre un delineador bien negro marca Armay y yo, a mi vez, canjee por fin mi tarjeta regalo por el Día del Maestro (¡no saben! Me he comprado una camisa rojo pasión ¡reeegia!).

Y de noche encontrándome con el flaco Scooby, mi amado amigo el Santiago, para primero admirar la rigurosa disciplina literaria (el sí es una escritor y trabaja arduamente para serlo) y delicioso aislamiento de todas las “comodidades” enviciantes de esta vida postmoderna (entiéndase, televisión, computadora, etc.) que tiene en el pequeño pero –reitero- delicioso cuarto blanco (lleno de libros interesantes -como el que juntos ojeamos con simíl entusiasmo de las memorias de Eusebio “El Chato” Grado- , anotaciones en su pared sobre las cosas que tenía que hacer al día siguiente, y un escritorio inmaculado, iluminado por un pequeño lamparín flexible) que ocupa en la bella y aún altiva mansión del barrio de Jerusalén donde habita con su abuelita.

Dándome el derecho –y el lujo- de adentrar en este reencuentro con mi pata Scooby, les cuento lo que procedió, pues me parece justo y necesario.

Nos fuimos a chupar harto, como siempre hemos hecho ambos, pero con la delicadeza de que esta noche era un martes, y acá en Arequipa -supuestamente, dicen las viejas- los martes la gente respetable no liba. Qué mierda. Éramos dos hombres al filo de la noche de un oscuro y frío martes. Teníamos ganas de etanol y eso ) a nosotros, amigos desde la más tierna infancia (Primera Etapa, corrupto colegio Prescott), siempre nos ha dado perfectamente igual.

El Scooby quería un pisco sour y yo sólo una chelita helada. Hacía un ratito, el que les habla había retirado 45 lucas de un cajero globalnet, y ahí estábamos con nuestra sed a cuestas, pero, por amarretes –lamentablemente esto también nos ha unido desde tiempos remotos- , sentados en un barsucho de mala muerte, uno con la puerta de salida trancada por un palo del tamaño de un roble (al mejor estilo de las viviendas en Cajamarca, perdón Gregorio Santos) y donde, previsiblemente, el pisco sour si es que aparecía en el listado de la agüitas de tamarindo, no les daba la gana de prepararlo en la puta vida real. ¡Qué chucha!  pensé frotándome onanistamente los bolsillos. ¿Para qué gano mi platita dignamente, si cuando vuelvo a reencontrarme en mi ciudad con mi hermano vamos a seguir yendo –sin desmerecer a esta suerte de bulines, desde luego- a estos burdos cuchitriles donde ya -a vísperas de mis 25 años y formando parte de la Población Económicamente Activa - no puede concebirse empezar una parranda, sino -si es que acaso, cómo último recurso… como hacen los muchachones con los sanguches de huevo y queso cuando les vienes la gula a la hora del bajadón- tan sólo finalizarla.

Así que le dije “Vámonos Scooby”, y nos dirigimos de inmediato al bar, al templo –para decirlo en términos más exactos- que desde hace ya varios años tiene grabados nuestros nombres en su pared. El Ad Libitum, puticlub y/o fonda y/o snack bar, testigo mudo de imborrables momentos, a lo mejor los más felices de nuestro crecimiento como seres de bien con el codito empinado, que sabemos dejar bien en alto el nombre de esta ciudad hermosa y aún en permanente estado de eyaculación precoz de valor y gloria. El Ad Libitum, el “Yo Soy” arequipeño del Cavern Club de Liverpool, siempre ubicado con majestuosidad en los derredores de la calle San Francisco. Nuestro segundo hogar (nada que ver pues con ese matadero de mierda con la puerta trancada).

Subimos al 2do piso, el cual siempre hemos ocupado con los de La Secta, pero ¡oh sorpresa! , estos chuchas habían tenido la osadía de borrar nuestros nombres del muro.

En eso nos atiende un dulce homosexual.

Me pareció que podía pasar piola como el “Yo Soy” de Koky Belaúnde del Cavern Club de Arequipa. Una cosa de locos la loca. Estaba todo enfundado en un enjuto atuendo de corriente casimir negro, y al parecer era la nueva mesera del lugar (¡vaya que se echan de menos a las meseras meseras!).

Mi pata Scooby, que de estas lides de la ‘crema volteada’ ya tuvo la oportunidad de conocer algo durante su underground periplo por Buenos Aires, ni se inmutó con la macanuda e irreverente presencia del andrógino individuo, y rápidamente le solicitó la bebida bandera de nuestra nación, con la prestanza del que sabe que su amigo –ahora portador de dinero honradamente obtenido- se la iría a obsequiar.

Para lamento de mis arcas llenas, no se equivocaba el Scooby.

Y bueno, yo también pedí mi chela helada, recalcándole al Andromeda de azabache que la deseaba rapidito y más helada que derrier de pingüina.

Pues bien, la escena se habría de repetir cualquier cantidad de veces durante la siguiente sucesión de horas que pasamos con mi también barbudo amigo, al interior de este bello antro, hablando, como es costumbre, de todas las cosas que amamos, odiamos, y soñamos con llevar a cabo en esta vida.

¿POR QUÉ SIEMPRE ACABAMOS HABLANDO Y RELEYENDO LOS LINDEROS, PÁRAMOS Y CAPÍTULOS DE NUESTRA VIDA CADA VEZ QUE ESTAMOS BEBIDOS? ¡NO ME HABLEN DE EXPLICACIONES CIENTÍFICAS, CIENTÍFICOS MALPARIDOS!

YO PREGUNTO DESDE MI MODESTA IGNORANCIA…. ¿ ¿ ¿ NO SERÁ QUE VIVIMOS PARA BEBER Y BEBEMOS PARA VIVIR ¿???



No sé, al menos el Santiago y yo -puedo afirmarlo con certeza- tomamos grandes decisiones -que de seguro iremos fraguando con el paso de los días- para nuestro beneficio en el tiempo próximo.

Fue hermoso.

El muy perra, abusó de mi dadivosidad y se pidió además una nueva ronda - esta vez como parte de una sucia happy hour- de pisco sours.

Yo ya no recuerdo bien, pero me parece haberme tomado 2 cervezas más, que el híbrido personaje de negro luego totalizaría en la boleta de pago de la “tacuen” con el magnífico resultado de … ¡45 lucasas a pagar! Es decir, todo lo que del globalnet hacía algunas horas había yo retirado. ¡Ya qué chucha! Hoy por ti, mañana por mí, hermano Scooby.

Sonando “Live wire” de AC/DC, Scoobsy bajó al escusado del santo lugar presto a miccionar todos los gajitos de limón que el licor de bandera había dejado revoloteando en su vejiga.

Yo me quedé esperándolo con algo de confort y tranquilidad después de tan divina tranca. En eso, diviso desde las escaleras , que en el primer piso estaba reunida una junta de veteranos médicos (lo supe porque uno de ellos, el que más en estado comatoso se encontraba, hizo mención al oficio que tenían) que ya desde hace buen rato, eran los únicos feligreses –junto a nosotros- en seguir departiendo, justo a puertas de que el clon nocturnal de Koky Belaunde tuviera a bien decirnos el siempre amargo “Estamos por cerrar”. En eso, mientras el Scooby aún meaba, sobre la tierna imagen que sin mentirles, era para un cuadro de Van Gogh, de estos típicos viejitos arequipeños ( con su clásico peinado arequipeñito de antaño, aquel del pelo corto ligeramente lamidito para atrás, con su bigotito de labrador de Uchumayo y/o prefecto de nuestra ilustre ciudad) chupándose unas rubias a lado de un ventanal antiguo que dejaba ver los adoquines alunados de la calle que daba al bar, se alzó de pronto y con suma potencia la ronca voz de uno de ellos, y esto fue lo que afirmó con regionalismo prepotente, pero a mi modo de ver -será por las canas, será por la misma experiencia que mi padre derrochó en lo que me dijo mientras comíamos la riquísima picsa- también con la entrañable y, a lo mejor , justificada indignación de ese tipo de viejos cascarrabias a los que –vaya a saber uno por qué- la gran capital de todos los peruanos -esa ciudad a la que los arequipeños tenemos usualmente entre los dientes porque nos la queremos comer como el más picante de los rocotos rellenos- les llega soberanamente al nepe.

“ Que allá se cachen entre todos, si quieren, y se maten entre todos, si quieren. Pero yo, yo estoy acá en Arequipa”.

-Afirmó el venerable galeno con un chauvinismo único, que a Fernando De Szyslo y a muchos más les parecerá rídiculo, pero que en mí, apelando a la verdad de la milanesa, hizo que no pudiera evitarme el esbozo de una sonrisita irónica al oír tamaña erupción de barbarie y encono. Pero también de cierta verdad.



Luego, el Scooby salió del ñoba y nos fuimos contentos y con sed aún, al pírrico sucucho de mala muerte donde erróneamente habíamos comenzado nuestra andanza. Allí una jarra de ron Bacardi blanco mezcladito con 7even Up, nos devolvió de inmediato a la escuela secundaria.



****

De ahí enestos días, no hago mucho más que pensar. Mirar el techo de mi cuarto cuando no puedo dormir y me vienen las pesadillas sexuales (porque correrme la paja ahorita ya no es tan paja). Ah sí, mi mayor placer además de escribir idioteces como esta que estás leyendo, es , sin duda, quedarme largas horas escuchando y re-escuchando nuevos discos que me traje en mi USB desde la Lima ruca, y que en las mañanas los quemo en físico para que mis oídos puedan gozarlos, analizarlos y diseccionarlos en la noche.

¡ Es exquisito! ¡ Amo a la música! Es la única cosita loca que me tiene tan pleno como el sexo. Y ya pues, ahora que soy monje porque no realizo una cópula desde Semana Santa, pues sólo me queda la siempre inestimable compañía de mis discos. ¡Puta, que los adoro! Aprendo tanto de ellos… POR AHÍ, A LO MEJOR, ESA ES LA COSA QUE SÍ ME HARÍA RECONTRA FELIZ. PODER TENER LA OPORTUNIDAD DE ESCRIBIR DE MÚSICA EN ALGÚN MEDIO Y GANAR PLATA CON ESO PARA TENER LA OPORTUNIDAD DE SEGUIR COMPRANDO LIBROS Y DISCOS DE ROCK AND ROLL, A MIS ANCHAS, Y SEGUIR BEBIENDO, A MIS ANCHAS, Y SENTIRME MÁS SATISFECHO DE EMPLEAR ASÍ TODO LO QUE ME GUSTA PARA SER UN PROFESIONAL BIEN DE LA PUTÍSIMA MADRE.

Ahorita estoy gozando muchísimo con la música de Litto Nebbia (por fin puedo echarme a escuchar sus casi 80 y tantos discos uno por uno), Manal y Javier Martínez en solitario. ¡Vaya letras las de los mencionados en sus canciones, vaya música frontal, honesta y salida de adentro! Sencillamente me destruyen, me hacen sucumbir a un hechizo sublime que sí logra hacer que me sienta en estos momentos un hombre mejor, un hombre con ganas de disfrutar plenamente de esta vida.

Almuerzo con mi hermano Matías y mi padre Dante, mientras vemos -intercaladamente- “Doctor TV” y “Amor Amor Amor” para cagarnos de risa con esa extravagante (ir)realidad peruana que muchos menosprecian y califican, de saque, como basura. A nosotros, no sé por qué, nos agrada. Y tampoco nos interesa demasiado el descubrir la razón. Somos así, televidentes por naturaleza, un poquito banales cuando nos da la gana de serlo.

Hoy me desperté a la 1 de la tarde y me di con la sorpresa de que mi viejito había decidido comprar una tele aún mucho más grande. ¡De puta madre! Seguro que estaremos sintonizando también “Esto Es Guerra” en HD, y nos reiremos de la imbecilidad de ese chico llamado Gino, del equipo de los hombres, que cuando le preguntan cuál era el instrumento que tocaba Ringo Starr en los Beatles, responde él con el temple que le da su torso bien logrado : “Esteeee….. No sé si era el bajo o la guitarra”. (Además, cómo no, de que este pechito aproveche la oportunidad, frente a la renovada caja boba, de sentirme más turbado que nunca con la indescriptible presencia de ese bendito pedazaso de res llamado Sully Saenz).

Y bueno, a 4 días de cumplir 1 cuarto de siglo, esto es, valgan verdades, lo que vengo haciendo y lo que quiero hacer con mi providencial tiempo de promesa del balompié lorcho.

Con mi vida.



“Revuelvo mi pelo, me miro los pies.”

“No miro el techo para ver más que yeso, y la ventana me sirve para mirar.”

“ Un jardín y mis amigos no se puede comparar con el ruido infernal de esta guerra de ambición, para triunfar y conseguir dinero nada mas, sin tiempo de mirar un jardín bajo el sol antes de morir.”

-Javier Martínez


sábado, 18 de junio de 2011

¡QUÉ CAGADA, AHORA TENGO EL PELO CORTO!

¡ Rafael Rey, me has castrado sin mi voluntad!






Hola ¿Cómo están?


Una semana más que se va. El primer ciclo del año va camino a acabarse velozmente. Y para mí, ha sido una verdadera vorágine, plagada de cambios muy fuertes y sentidos, de constantes idas y venidas que hasta ahora me hacen sentir mareo, y que muchas veces -la mayoría- no se bien a qué corresponden.


Estoy de malos ánimos, encabronado, y por eso les escribo ahora. Vaya semana. Me reencontré con sentimientos intensos que definitivamente aún reconozco en mí, mi abuelito Helard por fín tuvo -despues de tantos años de injusta lucha- el descanso merecido, y bueno, terminé una vez más sin entender el desenlace de algún hecho en particular, como el que me llevó a una maldita peluquería para que finalmente me cercenaran la melena. Así como lo oye usted, incrédulo amigo.


Pues bien, yo me había propuesto dejarme el pelo tan largo como se pudiera. Este era mi año ideal para hacerlo, por simple gusto y adhesión a la idea -que aún perdura fuertemente en mí- de que el pelo corto es feo y es para maricas. Nunca me gustó, me pareció siempre aburrido, muy normal, osea, para gente normal y aburrida. Y yo nunca quise considerarme así. Le suene estúpido o no, esa es la pura verdad en mi manera de sentir las cosas.


Lo curioso es que, siempre que -en todos estos años- me he dejado el pelo largo, siempre, un motivo aparentemente inimportante, imprevisto, e inimaginable, ha acabado cortando -valga la redundancia- ese gusto mío, y dejándome de un momento a otro, como desnudo, como traicionado, como malditamente jamás quise ni planeé llegar a estar, es decir, con el chuchesumadre pelo corto, que tanto me recuerda a la época del colegio, lapso en mi biografía que siempre deseé superar, junto a los modos y formas que, desde luego, esta etapa conllevaba.


Por eso el pelo corto me significa, aún hoy, REPRESIÓN. Herencia de una época en la que yo no podía decidir con tal eficaz premura como lo hago ahora. Herencia de una puta época en la que, de lunes a viernes, se tenía que lucir el mismo traje uniforme que centenar de individuos. Herencia de una época que, a pesar de contar con tantas indecisiones como ahora, fue en mi interior, para mí, definitivamente mucho más proclive al drama. Por eso relaciono el pelo corto con toda esa andanada de cosas que a mí se quedaron de aquella etapa de formación puber, y que por más que siga adelante en mi camino, perdurarán para siempre estampadas en mi piel, como el inolvidable aroma de la primera paja.


Yo quería ahora sí, dejarme la melena más larga que nunca antes. Podría afirmar que estaba realmente mentalizado para cumplir dicha añorada meta, la estaba cuidando bien bacán, y es más, creo que ya estaba entrando a superar el periódo amorfo de cuando el pelo aún está entre corto y largo. Mi forma de peinar ya tenía meses de costumbre establecida, y la naturalidad de este hábito, había dado lugar a que se origine, de manera permanente, una raya única que dividía muy bien el rumbo a seguir de mi cabello en la posteridad.


Como verán, está claro que para mí el pelo nunca ha sido un asunto menor. De ninguna manera. Siempre fue para mí un tema de constante fijación, investigación y, por qué no decirlo, experimentación. Estoy convencido de que existen muchísimas formas pajas de poder darle identidad a tu cabello, que sólo resignandote a quedarte con el mismo puto peinado por el resto de tu aburrida existencia. A mí, particularmente, este supremo interés por lo capilar, me viene directamente de 2 influencias muy fuertes y directas: Mi papá y el Rock And Roll.


Me explico.


Mi progenitor -lo niegue él o no, aún cuando cuestiona de sobremanera mis tan vanidosas tendencias- fue quien, en definitiva, me metió el chip de la importancia de tener el pelo bien chévere, desde mis primeros años. No es broma. Recuerdo como si fuera ayer, su inusual fascinación por meterme debajo del pilón del lavabo en las mañanas escolares, empaparme totalmente la cabecita con agua helada, y acto seguido, deleitarse buscandome el mejor peinado -entiéndase el peinado con más personalidad- que podía tener yo para destacar entre los niños de mi edad. Siempre el pelo para atrás, con una olita in crescendo a lo Presley que se erigía imponente sobre mi frente, y que, debo haber mantenido hasta los 12 años, época en que decidí -por alguna tonta razón- sublevarme de la incalculable influencia estilística que mi padre ejerció sobre mí.


El Rock And Roll me hizo amar y entender el pelo largo como sinónimo de contrariedad, de rebeldía y placer estético fuera de los cánones de una sociedad que, hasta el día de hoy en mi Arequipa Natal, permanece super atada al típico look de las nuquitas rasas -¡bien como hombre carajo!- y una leve capita, nomás, de pelambre en la parte superior. La mayoría de mis amigos y familiares -por no decir todos- obedecen hasta el día de hoy a esta constante. Estoy seguro, así mismo, que ejercer dicha determinación jamás les ha significado un eje fundamental en sus vidas.


PERO A MÍ SÍ, por eso ahora me tiene sumamente bajoneado, encabronado y estropeado (búrlense, no me importa) que sin yo haberlo solicitado, una sucia mercader del corte y la confección, se haya limpiado el "burrito" (Ariel Ortega) con mi bien intencionado plan de conservarme el pelo largo.


Era simple. Yo solamente quería que me recortara un poco de la parte de arriba para ya no tener que peinarme tanto. Me explico mejor con las imágenes :





Esta era la situación actual de mi cabellera. Como notarán, la parte de arriba estaba cayendo ya sobre mi frente, razón por la cual, acudí al centro de belleza, para que me hicieran una rebajadita, que me librara de tener que peinar dicha molestosa cantidad de pelo.





Para eso, me base en el estilo de Keith Richards. El guitarrista de los Rolling Stones solía llevar en los 70s el pelo largo, pero más recortado en la parte superior, de tal manera que no necesitaba peinarse. A eso, precisamente, es que yo le apunté a la peluquera, llevándole incluso una fotografía de Keith para guiarla.



Lamentablemente, la muy zorra me dejó así.




Como Pedro El Escamoso me dejó la dizque peluquera. Mutilando salvajemente la parte superior de mi pelaje, y tal como el "divertido"(¿?) personaje colombiano, con mis bucles de abajito intactos, pareciendo bailar alegremente una cumbia de aquel desagradable machista de mierda, que constituye el señor Lizandro Mesa.



Ustedes dirán : ¿Cómo no notaste lo que te estaba haciendo la san puta esta y piteaste rápidamente?


Bueno muchachos, para mi infortunio, me fue muy complicado adivinar cómo iba quedando el recorte, pues la tipa me tenía atados los mechones a unos ganchos. Un total y absoluto juego al azar, que me impidió saber a ciencia cierta a qué apuntaba esta mujer y sus tijeras.


30 lucas me costó la (des)gracia.



Ni más vuelvo a dicha peluquería, a la que incluso acudí acompañado y recomendado por mi madrecita. Definitivamente, ¡metiste la pata mami!



Al día siguiente de la negligencia de mierda, volví para que por lo menos la muchacha me rebajara un poco tan rochoso contraste de diferentes tamaños en un mismo corte. Fue en vano ya que la diferencia acabó siendo mínima, y es por eso, que hace unos minutos, y muy a mi pesar, decidí acabar definitivamente con esta total broma de mal gusto en que esta mounstra había covertido a mi pelo (¡¡Dios quiera que Satán le reserve un espacio en una que otra cámara de gas para que se extinga lentamente!!). Por más de que -no es necesario que se los repita- deseaba de todo corazón conservar mi cabello largo, tal como me lo propuse desde hace ya varios meses, pero, me ha sido insostenible, estos dos últimos días, dejarlo así nomás, con el aberrante estílo Pirulino (de Pedro El Escamoso) que, con mi rostro como acompañante, más parecía el de un ratero homosexual.



Acabo de trasquilar las mechas bailarinas que quedaban, y ya lo tengo todo corto.


Una cagada.



Qué más puedo agregar sobre tan fatídica experiencia.... No es la primera vez que me sucede un hecho como este, y más allá de todo mi sentimentalismo hacia el pelo, termino sacando conclusiones generales, que de veritas no me agradan para nada.


1. Mientras más pienso en algo, más fácil está de irseme de las manos así como si nada, de desaparecer completa y sorpresivamente.


y,



2. Parece ser que, quiera o no, lo haya o no decidido, el puto destino se las ingenia siempre de una u otra manera, para que nada de lo que tengo me dure por mucho tiempo.


Desde luego, esto no me gusta para nada, y me asusta un huevo. Deno dejar de darle tan fácilmente las tijeras al enemigo. Hasta la próxima, amigos.


lunes, 9 de marzo de 2009

Un texto por mi felicidad

Solo por si acaso.



Odio como hablo todavía. Me hallo nuevamente en mi cuarto, en mi cama rodeado de los periódicos del día, mis dibujos, una crónica de Beto Ortíz a mis pies, cerrando un nuevo domingo en mi vida, escribiendo desnudo encima de un libro de Jaime Bayly. Yo que lo quiero tanto a Jaime Bayly.
Me puse el otro día a buscar viejos rastros de mis últimos años, en el HI5. Y tras fisgonear fotos mías y comentarios que me habían escrito, encontré uno que pertenecía a un viejo amigo, que aunque aún lo es, ya no lo es tanto. Ahora que me pongo a pensar, fue gracias a su influencia que comencé a escribir reflexiones sobre mi vida. Nunca me había animado a hacerlo, yo sólo hacía poemas y las canciones de siempre (aunque sin tanto descaro). Recordé entonces, al ver su perfil de HI5, ciertas crónicas que él ya publicaba desde la época del cole, y que a la hora de irnos a Lima pasó a escribir para sí mismo en un cuadernito de John Lennon.
Un tipo muy sincero mi amigo, ¿qué habrá sido de él?
Y dando vueltas entre sus fotos y comentarios antiguos, reconocí un texto que me resultaba familiar. De julio del 2005. Nuestra primera vacación de vuelta a Arequipa. Y narraba el puto ( cómo en un video de Blur), lo poco singular de un viernes común. Desde el inicio de su día hasta volver a casa, luego de haber ido y venido continuamente por la avenida Cayma. Con cierto aire a solvencia (tan típica en él) y al mismo tiempo insatisfacción. Incluso aparecía yo en un pasaje del texto.
Ese era mi amigo, un tipo ganador.

Leer el pasado a uno le trae nostalgia. A mí a veces me provoca rabia por no poder volverlo a disfrutar. A menudo me pasa que pienso en las etapas ya quemadas, y me provoca volver a traspasarlas, pero esta vez ya no de puntillas.
Por ejemplo el colegio, del cual hoy tan pocos sentimientos gratos guardo. A veces fantaseo con retornar, solamente para patear cabezas y zurrarme a un 100% de las cosas que sólo me zurré a un 75. Me importaría menos de lo que me importó haber sido aceptado. Derrepente cambiaría algunos cabizbajos andares por desafiantes miradas a cualquiera. Pasaría de largo , bien facilito, tantos cursetes que me hicieron la vida a cuadritos. A lo mejor sería más mandado con las mojonas. Y con mis hechos demostraría lo agujereada de la noción escolar de la brillantez.
¡Puta que haría mierda mi colegio con creces! Y sin concesiones pasaría de largo.
Porque si bien siempre odié en el fondo a la etapa de la escuela, y me sentí desadaptado como ahora, y una pizquita menospreciado, como todavía siento que me sucede…. Pues la verdad nunca me jodió durante esa etapa, con tanta fuerza, tantos problemas estúpidos como los que hoy me entorpecen. Porque a pesar de que todavía sigo siendo mantenido por mis papis, viviendo en una holgada realidad de comodidades delivery, y engreimientos cada uno más caro, que todavía me son cumplidos……….. Pues la verdad que jamás me quejé tanto contra mí mismo como ahora. De colegial también fui caprichoso, sí, como cualquier hijito de papá me cagué en mis pantalones para que me limpiaran, pero nunca tan engolosinado de vanidades y miedos insulsos, como ahora.
Ahora, que no comprendo mis alegrías y que desde que me levanto, me siento molestado.
Ahora, que más pienso en cómo se me ve, a la alegría de mi costado.
Ahora, que me siento un lastre asqueroso y un puñado de dudas para el olvido.
Pues , ¿quién le va a dar la importancia del caso a un sujeto que sólo vive y llora por qué tan bien ha hablado?
Yo no quiero releer en diez años mis textos, y sentirme culpable a la distancia por no haber interpretado, en su momento, lo que verdaderamente era la felicidad. Mi felicidad. Algo tan simple y bonito cómo hoy que fui despertado a los gritos por mi padre. Pues eran ya las once y el partido empezaba en una hora. No me quedó ni siquiera tiempo para bañarme. Y en menos de lo pensado estábamos ya en un taxi, llegando al estadio. Tiempo suficiente para abandonar la magia zombie del sueño y retornar a mi realidad “aflictiva” de refunfuñar por mi ansiedad, y nuevamente el repentino atoro de mis palabras al empezar el nuevo día. ¡Otra vez! a pesar de los 3 putos meses que ya voy tomando las pastillas… Y sigo con el mismo pánico idiota de salir de mi molde de maniquí para enfrentarme al mundo. Y así, sin darme cuenta y sintiéndome un adeficio, ya me encontraba con el Matías y mi viejo en las graderías de la tribuna. Ellos entusiasmados, llenitos de vida, y yo aún sin el mínimo coraje para gritar junto con ellos por nuestro Alianza querido. Primer tiempo de observación egoísta, primeros momentos del día, de la desazón. Mi hermanito maravillado de la vida, hablándome con su voz más de niñito sobre lo que más le llamaba la atención del partido. Mi viejito puteando al potón Montaño, y buscando en mí, su hijo mayor, una mirada cómplice que lo acompañara en su descontento con el cafetero. Acaba el primer tiempo, y en el fondo me siento mal. Una momia. Un desertor. Un mal hincha. Quiero demostrar cuanto los quiero, pero me siento una roca y es esta sensación mucho más fuerte. Entonces busco otra alternativa. Tengo que hacer algo por ellos, y me ofrezco a ir en busca de unas bebidas. Bajo, con miedo a cagarla, mirando donde pongo el pie, con la taba temblorosa por temor a una represalia de algún hincha bravucón, o una mirada de decepción por parte de mi padre. Y es que sé que suena estúpido, pero todavía detesto fallarle. A él que es mi ideal de hombre. Siendo yo un tan desabrido sticker de su calidad. Me esfuerzo por llegar sin tropezarme al peldaño final, y así lo hago. Llego al kiosquito de gaseosas y con mucho esfuerzo me hago espacio entre la multitud. Le pido a la señora que atiende 3 gaseosas, pero no soy el único. Todos claman porque atiendan sus pedidos. Hay empujones, gritos, quejas… Y yo todo educadito con mi “por favor señorita, tan sólo deseo 3 coca-colas rapidito”. Me mira la mujer y no me hace caso. Es imposible que me haga caso con tanta bulla y represalias para con su manera de atender (teniendo sólo 2 manos). La tía se harta y dice que no va a vender más gaseosa a nadie (aún teniendo detrás suyo una reserva de, por lo menos, 5 botellas). El entretiempo se me acaba y es en vano reclamarle llorando. Tampoco me quedaré esperando a que todos se vayan, pues me parece patético. Desesperado voy a otro kiosco, idéntica escena, y lo mismo en un tercero. Escucho por ahí que el partido se ha reanudado, y no sé qué hacer pero eso sí, no pienso volver a donde mi padre y hermano con las manos vacías. Me detengo en un muro a pensar, y por obra y gracia de la Virgencita de Chapi, encuentro ya algo desocupado el kiosquito del medio. Me emociono y siento que tanta dificultad amerita ya no sólo 3 cocas, sino una más de reserva. Solicito mi pedido, con cierto bienestar, a la mamacha. Para ponérmelo más complicado me dice que si bien hay vasos, la gaseosa ya se ha acabado. Que van a traer un nuevo lote de gaseosas en un momentito. Que puedo esperar, y si deseo ya ir pagando por adelantado y recibiendo los vasitos. Estoy de acuerdo, decido esperar. El tiempo que sea. “4 vasitos por favor señora, con sus cañitas más, cóbrese por favor”. No demora mucho en llegar la gaseosa, y un señor que está a mi lado, esperando también sus vasos, me aconseja con gran sabiduría, desacelerarme un poco y esperar a que me toque mi turno. Gran consejo. Tiene usted toda la razón, buen hombre. Eso haré. Y así, con mis 4 vasos (sin tapa) de coca-cola, lo mas llenos posible, busco mi camino de vuelta a las butacas. No es cosa fácil, créanme, mantener el equilibrio con 4 vasos de coca- cola en las manos, evitando que se te derramen. Por si las moscas me deshago de las cañitas cuanto antes, y las tiro al piso. Estoy seguro de no confundirme, pues sigo la dirección correcta. Subo las gradas y llego por fin al túnel de las tribunas, pero veo que no era la salida 10 sino la salida 11. (La mía era la 10). Entonces vuelvo a bajar, con un ligero presentimiento de que no voy a llegar nunca y vuelvo a retroceder para volver a subir, y encontrarme con el sitio de escape correcto. Esta vez sí era el 10, pero estoy jodido porque veo el ingreso totalmente copado de espectadores parados. Sé que no va a ser fácil la subida, y antes de la recta final, tiendo a bien acomodar las gaseosas en el piso. Una vez bien sujetadas me siento un jugador de fútbol más y salgo a la cancha. “Permiso por favor, voy a subir”. “Pucha pue compadre, pero no ves que ya empezó el partido”. Igual de nervioso, igual de miedoso, empiezo a ascender con cuidado y escucho los silbídos inconfundibles de mi padre, que me indica donde está. Así todo mucho mejor. Se me aclara el panorama, y a pesar de que me muero de miedo de caerme, ya no se me hace tan tenebroso tener que importunar a los asistentes pidiéndoles permisito, que allá esta mi asiento esperando. Uno. Dos. Tress. ¡Pum! “Hijo, ¿hasta dónde te has ido a comprar las coca-colas?” Les alcanzo los vasos a mis dos hombres favoritos y pregunto en qué minuto va el partido. Minuto 10. Sigue Montaño en la cancha. Me acuerdo que he salido de mi casa sin tomar desayuno, y que este es mi primer líquido del día. Le doy dos buenos sorbos a la coquita y me siento campeón mundial. Y es que, a pesar de todo, sigo con la porquería en mi cabeza. Pero ahora sí me dan ganas de alentar, de aplaudir, de gritar, de cantar con la barra, de estar atento a las incidencias del encuentro y comentarlo con mi viejo y el Mati. De pronto se viene Alianza por el sector izquierdo, gran recuperación del esférico y pase largo a “Arrocito” Sánchez. Este que entra sólo al área, queda frente al porteo, dispara y ….. ¡GOOOOOOOOOOOOOOOL!
¡GOLAZO!, ¡GOLAZO DE ALIANZA LIMA!, ¡Qué rico!, ¡Qué efervescencia tan poco articulada!
Lo abrazo a mi hermanito Matías y festejo con él su primer victoria presenciada de Alianza en un estadio. Mi padre estalla. A ver pues melgarianos de mierda, paisanos míos de mierda, a ver griten ahora “negros cagones”, y a Johnnier Montaño “este lúpulo no paaaaaaasa”. Me meo en ustedes. Que los cache por atrás un burro. ¡Arriba Alianza Corazón! Los 3 Murillo gozando como locos. Quiero vivir así toda la vida. ¿No estoy sintiéndome feliz acaso?, así me dure esto 1 minuto, ¿No estoy sintiéndome feliz?
Alianza ganó 1 a 0. Salimos satisfechos del estadio. Caminamos algunas cuadras, y ahora estoy haciendo el recuento de la experiencia, de este dominguito más, a los 21 años todavía, yo formando parte de una familia a la que amo tanto, culminando mis días de vacaciones veraniegas a puertas de un nuevo año en la universidad (el penúltimo), teniendo todavía la oportunidad de retornar a mi ciudad sintiéndome extrañado por alguna gente, aún sintiéndome un extraño, pudiendo comunicarme con chicos de mi edad en una fiesta de turno, tembloroso sí, asustado sí, repleto hasta la frente de complejos que me avergüenzan, teniendo todavía el gozo de hacer matar de risa a mi hermanito con mis chistes, de caminar por las calles con mis amigos, y hasta llegar a escapar con éxito de la más certera mordida de un perro abandonado, e incluso asombrarme con una película que fui a ver al cine, y no poder ir a acostarme sin acabar un dibujo o por pensar en qué será de mí en algunos años. Así, con todo mi corazón y también con tanta espina que yo solo siento, me pregunto esta noche si es que esto no es ser feliz.





Cualquiera fuese la respuesta, por favor, no quiero reconocerlo recién de acá a diez años.